Trastornos compulsivos en perros

Trastornos compulsivos en perros: prevención y tratamiento

Aunque el perro posee un comportamiento típico de su especie, en determinados casos aparecen comportamientos compulsivos que pueden resultar molestos para los dueños y peligrosos para su integridad física.

Uno de los grupos de trastornos del comportamiento está definido como trastornos compulsivos y no son más que una actitud repetida en el tiempo, incontroladamente, sin una finalidad aparente y fuera de contexto. Estas características hacen que dicha conducta, cuya base está en actitudes normales, como el lamido, la alimentación o la locomoción, interfiera en su vida normal.

Con un comportamiento compulsivo, un perro se puede producir a sí mismo una dermatitis por lamido, que suele presentarse en la parte inferior de los miembros, tanto delanteros como traseros. Por supuesto, no hay distinción de raza ni de sexo, pero los expertos creen que puede estar asociado al miedo y a la ansiedad, ya que es típico de ejemplares que tienen ansiedad por separación, un trastorno frecuente en el perro.

Otros trastornos compulsivos frecuentes en el perro son girar circularmente mientras intenta morderse la cola, perseguir sombras o reflejos, chuparse alguno de sus flancos, cazar insectos, incluso dirigirse a sí mismo ataques agresivos con gruñidos y mordiscos, que pueden ser graves.

Las causas más frecuentes pueden ser somáticas, por ejemplo alteraciones neurobiológicas o factores genéticos, pero lo más normal es que tengan que ver con el manejo o el tipo de vida del perro, por ejemplo, que se le haya destetado precozmente; que carezca de estimulación ambiental, con poca interacción con los dueños y sin contacto con otros congéneres; que se le castigue inadecuadamente; que experimente situaciones estresantes; así como que el propietario pretenda corregir el comportamiento con métodos correctivos, por ejemplo, poniéndole un bozal o un collar isabelino, lo que generalmente agrava la situación.

También es importante dejar constancia de que el dueño puede fomentar involuntariamente el comportamiento compulsivo de su mascota, lo que se consigue cuando pretende calmarlo si manifiesta la conducta inadecuada y que el perro interpreta como una recompensa, de modo que produce el efecto contrario.

Para diagnosticar correctamente un trastorno compulsivo, los veterinarios realizan un examen clínico etológico, que consta de varias partes, así como pruebas diferenciales con otras patologías, para descartar endocrinopatías, enfermedades infecciosas o degenerativas, traumatismos, etc. Esto es muy importante, ya que un buen diagnóstico supone la aplicación del tratamiento más adecuado.

A este respecto, lo primero es que el propietario sea consciente de que su colaboración es imprescindible, así como la de los demás humanos que convivan con el perro. Si se determina que se trata de un trastorno compulsivo, es necesario hacer algunos cambios en su entorno, que dependen del tipo de comportamiento, si bien en su mayoría requieren aumento del ejercicio y más salidas de paseo.

En casos extremos, algunos ejemplares pueden necesitar una terapia psicofarmacológica, en cuyo caso se deben seguir rigurosamente las indicaciones del veterinario. En otros casos puede servir el uso de feromonas caninas, si bien deben seguirse las recomendaciones del fabricante.

Normalmente el tratamiento de estos trastornos se prolonga en el tiempo, incluso para el resto de la vida del animal. Por ello, nada mejor que la prevención, con una correcta socialización del cachorro, una vida diaria lo más rica posible en estímulos y una relación con el dueño sin altibajos, equilibrada y sin excesos.